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Por: Antonio Ramos Revillas

Uno de los libros más bonitos que he leído es casi un anacronismo en estos tiempos de consumo digital. Se titula: ¡Es un libro! y en él un mono se encuentra sentado en un sillón y lee silenciosamente un libro. Junto a él, su amigo, un asno —pobres de los asnos que siempre los mostraremos como ignorantes—, lo observa con curiosidad y le pregunta si eso que tiene entre manos funciona como un blog, sí se le puede cargar batería, si tiene una pantalla, si se le pueden guardar documentos, si es un juguete, etcétera. A todo, el mono siempre contesta: “No, es un libro”.

Lo que los libros son para la gente siempre me ha llamado la atención porque todos saben; nadie pone en duda que, en un sentido amplio, los libros son buenos. Contienen eso que todos ejemplifican de manera general como: “conocimientos, aprendizajes, sabiduría” que nos han sido legados por otros hombres tanto del pasado, como del presente. Por lo mismo, hay que cuidarlos, respetarlos e incluso, no leerlos.

Es tal vez por ese respeto que hemos hecho una estrategia de cuidado que pocas veces logra que los libros dejen su pedestal imaginario de inaccesibles para todos, solo para unos cuantos y en su lugar optamos siempre por leer otro tipo de materiales o consumir historias mediante otras estrategias. Entre comprar un libro, que obligará a su lector a comprometerse con una historia por equis número de horas, la mayoría preferirá comprar una revista con temas que asume más banales, con artículos con los que solo deberá hacer un pacto de lectura de no más de diez minutos; entre comprar un libro y comprar una Tablet con juegos, la mayoría preferirá también la Tablet porque asume que es más entretenida, tiene más posibilidades de juego y en suma, ahí se pueden guardar películas y en los libros, pues no. En un mundo donde la gente ni se pregunta a qué edad es bueno darle tablets o ponerle la televisión a sus hijos, con los libros sí se cuestionan a qué edad es mejor darles algo de leer o qué historias se les deben leer.

Es por eso que los libros cada vez van quedándose aislados en nuestro tiempo. Los reconocemos como importantes, pero los dejamos solo al espectro educativo. Es una tecnología con la que ya no sabemos lidiar, en parte porque el consumo eficaz y expedito de historias de comprensión más fácil mediante el cine o la televisión o los servicios de streaming es más fácil.

Insistiré: el viejo libro, una tecnología con más de 500 años desde su última gran transformación con la invención de los tipos móviles de Gutenberg empieza a quedarse obsoleto, no porque no sepamos cómo utilizarlo; navegar por sus índices, abrir sus páginas, pasar la vista y saltar línea tras línea, sino porque cada vez tenemos menos tiempo para ir despacio y pensar en los textos o contextos y el lenguaje y leer exige, sobre todo, lentitud. Nada nos deja tan al desnudo como un buen libro; porque para revisarlo a cabalidad, para comprenderlo, sólo nos tenemos a nosotros mismos; el único diccionario, la única empatía posible para entender la historia de El principito es lo que traemos en el morral y muchas veces, me temo, asumimos que lo que traemos en el morral, aunque no lo digamos, aunque estemos llenos de tantas otras cosas materiales, no alcanza.

Yo nunca he dudado del amor de los padres por sus hijos, pero siempre me he cuestionado lo poco que les preocupa que se vuelvan lectores. Quien enseña a leer, me refiero no sólo al hecho de aprender a decodificar la información, sino a quien comparte con sus hijos, nietos o sobrinos, una historia, no sólo les enseña algo para entretenerse, sino que los induce a imaginar, a pensar, les acerca nuevas palabras y sobre todo; les da opción para que se pregunten cosas: ¿por qué las habichuelas eran mágicas?; ¿cómo el sastrecillo valiente pudo atar al dragón solo con aguja y cordel? ¿Qué es el cordel?, ¿a poco existen planetas pequeños como los que visita el principito?, ¿sueñan los androides con ovejas robóticas? Y toda pregunta requiere una historia para ser contestada: eran mágicas porque un brujo que soñaba con destruir a los gigantes había soñado con la posibilidad de… lo pudo atar porque el hilo era muy fuerte, había sido hecho en una ciudad que estaba en… claro que existen planetas pequeños, ¿has visto como también existen casitas pequeñas en…

Leer con los niños es compartir el mundo con ellos, es acompañarlos en las primeras preguntas que se hacen sobre la vida; no es explicar en sí, no es tener que dar una respuesta seria, sino imaginar con ellos y acaso, recordar de nueva cuenta que podemos imaginar cosas sencillas y poderosas como una pata que pone huevos de oro. Sin dejar de lado la pericia para manipular tablets, celulares y cualquier otro aparato digital ya de nuestra época, leer será tal vez lo único que realmente separe a los niños de hoy con los mismos niños de hoy que empiezan a dejar de pensar para sólo seguir instrucciones que dicta una pantalla o un juego de smarphone. Lo pondré en otro ejemplo: leer es conocer las instrucciones y el mecanismo de los juegos en un Casino, no es solo ir a sentarse y oprimir un botón sin saber realmente cuándo ganar o cuándo perder.

Leer no inicia en la escuela, como se dice, leer inicia cuando el niño abre por primera vez los ojos y mediante el olor, la luz, la tibieza de las frazadas reconoce a su madre; desde ese primer instante existen ya las historias para los niños, tal vez aún no lo son pero tiene ya partes de con lo que el niño va a crear su primer imaginario; el padre, la madre y por qué no, el libro.

Antonio «Toño» Ramos Revillas es originario de Monterrey, Nuevo León. Es un autor, narrador y editor. Estudió letras españolas en la UANL y hoy está a cargo de la casa Universitaria del libro.